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داستان بنیان گذار - جلد دوم
❦ Fin
La historia continúa…
Cada pista de MIBL Radio lleva un poco más lejos esta voz.
Este libro se escribió y se publicó aquí; el tuyo también puede.
Publica tu propio libroPrólogo: Raíces en la tierra de Nayaf
Se ha dicho siempre que los hilos no mienten.
Mucho antes de que océanos errantes, barcas rotas y fronteras de alambre ataran nuestro destino a la tierra de Australia, todo empezó en el patio pequeño y cubierto de adobe de una casa a las afueras de la antigua ciudad de Nayaf. Una mujer de digna presencia y de firmeza inquebrantable llamada Bibi Fatemeh se arrodillaba allí cada día antes del amanecer, antes de que la voz del primer almuédano se alzara desde la cúpula dorada del santuario, y hacía girar sus dedos cansados sobre los husos tradicionales, aquellas masuras.
El movimiento rítmico de aquellos husos no era solo una manera de ganarse el pan y de hacer rodar la rueda de la vida de una mujer sola y sin amparo en el seno de la pobreza y la asfixia de Irak; aquel movimiento era el latido continuo del corazón de un linaje que estaba destinado a romperse una y otra vez en los caminos traumáticos de la historia, a nacer una y otra vez y a salir con vida de entre la ceniza de las guerras y de los cautiverios.
Este libro es un relato enteramente verídico, escrito con la estructura y el oficio de una no ficción cinematográfica (cinematic non-fiction); el relato de aquellos años en que «Zaher» —mi padre— era todavía un joven callado y reflexivo en una pequeña farmacia de Nayaf; de aquellos años en que aún no se había forjado la llave funesta de mis trece años y las raíces de la familia Musavi respiraban todavía en la tierra de Nayaf.
________________________________________
> 📌 Nota del autor sobre los nombres y los datos: en esta obra, con el fin de proteger los derechos morales, de preservar la intimidad y por consideraciones legales relativas a las personas, los nombres de algunos personajes y de algunos lugares han sido cambiados o se dan bajo seudónimo. Lo que usted lee en estas páginas es la carta desnuda, sincera y verdadera de nuestra vida, pulida por la magia de la pluma y por el oficio de narrar.
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> © 2026 Todos los derechos de esta obra están reservados. Escrita por Mohsen Al-Musavi. Queda prohibida, legal y moralmente, toda copia, republicación, adaptación, adaptación cinematográfica o teatral, producción de obra sonora, pódcast, recreación mediante inteligencia artificial o traducción a otras lenguas sin la autorización escrita y formal del autor; el autor se reserva el derecho de emprender acciones legales nacionales e internacionales.
Mucho antes de que océanos errantes, barcas rotas y fronteras de alambre ataran nuestro destino a la tierra de Australia, todo empezó en el patio pequeño y cubierto de adobe de una casa a las afueras de la antigua ciudad de Nayaf. Una mujer de digna presencia y de firmeza inquebrantable llamada Bibi Fatemeh se arrodillaba allí cada día antes del amanecer, antes de que la voz del primer almuédano se alzara desde la cúpula dorada del santuario, y hacía girar sus dedos cansados sobre los husos tradicionales, aquellas masuras.
El movimiento rítmico de aquellos husos no era solo una manera de ganarse el pan y de hacer rodar la rueda de la vida de una mujer sola y sin amparo en el seno de la pobreza y la asfixia de Irak; aquel movimiento era el latido continuo del corazón de un linaje que estaba destinado a romperse una y otra vez en los caminos traumáticos de la historia, a nacer una y otra vez y a salir con vida de entre la ceniza de las guerras y de los cautiverios.
Este libro es un relato enteramente verídico, escrito con la estructura y el oficio de una no ficción cinematográfica (cinematic non-fiction); el relato de aquellos años en que «Zaher» —mi padre— era todavía un joven callado y reflexivo en una pequeña farmacia de Nayaf; de aquellos años en que aún no se había forjado la llave funesta de mis trece años y las raíces de la familia Musavi respiraban todavía en la tierra de Nayaf.
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> 📌 Nota del autor sobre los nombres y los datos: en esta obra, con el fin de proteger los derechos morales, de preservar la intimidad y por consideraciones legales relativas a las personas, los nombres de algunos personajes y de algunos lugares han sido cambiados o se dan bajo seudónimo. Lo que usted lee en estas páginas es la carta desnuda, sincera y verdadera de nuestra vida, pulida por la magia de la pluma y por el oficio de narrar.
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> © 2026 Todos los derechos de esta obra están reservados. Escrita por Mohsen Al-Musavi. Queda prohibida, legal y moralmente, toda copia, republicación, adaptación, adaptación cinematográfica o teatral, producción de obra sonora, pódcast, recreación mediante inteligencia artificial o traducción a otras lenguas sin la autorización escrita y formal del autor; el autor se reserva el derecho de emprender acciones legales nacionales e internacionales.
Capítulo primero: La casa de los sayides y unas chispas en el calabozo
## 1. El perfume del jums y el zakat en la casa de los sayides
Los callejones polvorientos y sinuosos de Nayaf ardían bajo el sol abrasador del desierto, pero al fondo de uno de los apacibles callejones sin salida de la ciudad había una casa cuya sombra era distinta de la de todo el barrio.
Las paredes de adobe encaladas de aquella casa eran el amparo de una familia del linaje puro de los sayides. En el Nayaf de aquellos años, la gente devota y creyente del barrio profesaba a la familia Musavi un respeto casi reverencial. Bibi Fatemeh —una mujer digna que años atrás había perdido a su joven marido, «Mohsen»— hacía girar la rueda de aquella vida junto a su solícito esposo Sedmir, el hermano de su marido difunto, que con una hombría puramente humana se había convertido en la sombra protectora de los huérfanos.
La casa en la que respiraban era el regalo y la bendición de la mesa de los vecinos. Los creyentes entregaban con orgullo y humildad el jums y el zakat de sus bienes a aquella familia de sayides, para que la bendición de las plegarias de Bibi Fatemeh y de su descendencia purísima iluminara su barrio. En el patio pequeño de la casa, bajo la sombra del único granado, se extendía un mantel cuyo pan venía del respeto de la gente y cuyo guiso venía de la devoción de los vecinos. Y Bibi Fatemeh, en la penumbra del alba, hacía girar sus masuras y sus husos tradicionales para preservar, junto a aquel afecto popular, el orgullo y la independencia de su linaje.
El hijo mayor de la casa, Zaher, era un joven callado, reflexivo y de mirada limpia que trabajaba en la farmacia del barrio. Todos lo conocían por su nobleza y por su saber. Pero detrás de aquel semblante sereno y templado latía un alma inquieta y sedienta de conocer el mundo de fuera.
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## 2. El ardor de los caminos: del desierto de Siria a las fronteras de Estambul
Al contrario de lo que todos imaginaban, que veían en Zaher a un joven casero, él amaba sin medida los viajes y los caminos. Su juventud ardía en la sed de ver horizontes lejanos. Cada vez que se presentaba una ocasión y ahorraba unos dinares, hacía su pequeño hatillo para palpar la extrañeza y la belleza de otras ciudades.
El mayor imán de viaje para Zaher fue al principio Siria y la antigua ciudad de Damasco. Pasaba los días caminando por los bazares cubiertos de Siria, junto a los santuarios sagrados y entre los limoneros perfumados y los jazmines de Damasco, se sentaba a conversar con desconocidos y llevaba el horizonte de su pensamiento más allá de las murallas de Nayaf.
Pero su apetito por descubrir el mundo no terminó en Siria; su paso siguiente fue un viaje al corazón del antiguo imperio, Turquía. Zaher partió hacia los caminos del norte. Contemplar la arquitectura de Estambul, los campos verdes y el drama del encuentro entre Oriente y Occidente en Turquía transformó el alma de aquel joven de Nayaf. Veía el mundo más grande que la asfixia de Irak y a cada paso experimentaba la libertad y el respirar en un aire extranjero.
Pero nadie en casa sabía que aquel dulce viaje a Turquía iba a ser el preludio de una de las tragedias más espantosas de su vida…
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## 3. La emboscada del regreso: la red de caza de los baazistas
En el atardecer de un día polvoriento, Zaher, tras semanas de recorrer los caminos de Siria y de Turquía, con el zurrón lleno de recuerdos y la cabeza cargada de imágenes del mundo libre, puso el pie en tierra iraquí para volver al abrazo de la casa de Bibi Fatemeh.
Aún no se había alejado unos kilómetros del puesto de control fronterizo cuando de pronto dos vehículos militares del régimen del Baaz le cortaron el camino con una polvareda y un chirrido áspero de frenos. Los agentes baazistas bajaron del coche con sus botas pesadas y sus rostros despiadados y rodearon al joven Zaher.
La acusación inicial era simple y a la vez mortal: «¡sospechoso de deserción del servicio militar!»
Los baazistas creían que Zaher era un joven iraquí que había huido a Turquía para escurrir el bulto al servicio en el ejército de Sadam. Zaher, con toda su compostura y serenidad, sacó sus documentos de identidad para demostrar que no tenía problema alguno; pero un examen más atento de los papeles reveló a los suspicaces agentes del gobierno un secreto mucho más grave: ¡el origen y la raíz iraníes de la familia Musavi!
En cuanto los agentes comprendieron que por las venas de aquel joven sayid corría sangre iraní, su tono y su trato cambiaron ciento ochenta grados. Según las leyes racistas del régimen del Baaz, el servicio militar estaba prohibido a los súbditos y dependientes extranjeros; de modo que la acusación de «deserción» quedó descartada, pero ocupó su lugar un peligro incomparablemente más negro: ¡la acusación de espionaje y de ser un extranjero!
A él, no como a un ciudadano sino como a un «iraní de origen sospechoso» que había viajado a Turquía y a Siria, lo sometieron al látigo y al insulto y, sin ninguna razón legal ni orden judicial, lo arrojaron a la caja metálica de un camión y se lo llevaron a una de las cárceles más siniestras del Baaz.
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## 4. Seis meses en el infierno del rencor y del racismo
El joven Zaher fue arrojado de pronto, desde el abrazo cariñoso de la casa de los sayides y el perfume de los jazmines de Damasco, al interior de un calabozo oscuro, húmedo y asfixiante. Un calabozo que se lo tragó durante seis meses enteros.
«Años después, en la casita humilde que mi padre Zaher había alquilado en el oeste de Sídney, él era ya un hombre enfermo, cansado y de ánimo muy frágil, al que las cargas pesadas del destierro y del desarraigo habían robado la figura y las fuerzas. En el rincón apartado y sencillo de su casa, cuando encendía un cigarrillo con las manos temblorosas y se quedaba mirando a un punto con un suspiro tan hondo que le estremecía cada fibra del cuerpo, con una voz quebrada que después de décadas todavía olía a herida, me hablaba de aquellos seis meses de pesadilla de tortura y de racismo en los calabozos del Baaz…»
Hablaba de torturas sin tregua. De noches en las que, en la oscuridad absoluta de la celda, los gemidos, los gritos bajo el tormento y las súplicas de presos inocentes recorrían los pasillos de piedra de la cárcel y le robaban el sueño. Los esbirros baazistas sentían un rencor racista y sin medida hacia los de origen iraní. A Zaher, solo por su sangre y por su linaje, lo sometían a diario a los más duros maltratos y humillaciones físicas y morales.
Cada día en aquella cárcel pasaba como un año. Zaher, el joven elegante y viajero que hasta ayer caminaba por los bazares de Estambul, se sentaba ahora con el cuerpo llagado y la ropa hecha jirones sobre el suelo húmedo de la celda, testigo de la crueldad desnuda del gobierno de Sadam.
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## 5. La chispa de la fuga en el corazón de la oscuridad
En aquellos mismos seis meses funestos, cuando Zaher yacía sobre el suelo frío de la cárcel y oía los alaridos de los torturados desde las celdas contiguas, se produjo un cambio de raíz en su alma y en su mente.
Comprendió que en aquella tierra ya no quedaba lugar para la honradez, para la dignidad ni para la vida de las personas decentes. Comprendió que la presencia de su familia en Nayaf estaba asentada sobre un polvorín de rencor y de racismo que en cualquier momento podía prender fuego a la casa de los sayides.
Precisamente en una de aquellas noches negras de cárcel, cuando tenía las manos llagadas alzadas en gesto de plegaria hacia el techo húmedo de la celda, brillaron en su cabeza las primeras chispas de la idea de huir de Irak a Irán.
Se juró a sí mismo: «Si salgo vivo de este infierno, no me quedaré ni un segundo más en este país. Tengo que encontrar la manera de huir a Irán…»
Después de seis meses sin noticias, Bibi Fatemeh y Sedmir, a fuerza de sobornos y de súplicas a las autoridades, lograron que les entregaran el cuerpo medio muerto y quebrado de Zaher y devolverlo a casa.
Zaher volvió a casa; pero el joven que salió de aquella cárcel ya no era el mismo de antes. En sus ojos se había instalado una mirada decidida, amarga y llena de secreto. Había forjado en su corazón la llave de la fuga, y ahora era el momento de que Bibi Fatemeh planteara desde Irán el proyecto de pedir la mano de Marzieh…
Los callejones polvorientos y sinuosos de Nayaf ardían bajo el sol abrasador del desierto, pero al fondo de uno de los apacibles callejones sin salida de la ciudad había una casa cuya sombra era distinta de la de todo el barrio.
Las paredes de adobe encaladas de aquella casa eran el amparo de una familia del linaje puro de los sayides. En el Nayaf de aquellos años, la gente devota y creyente del barrio profesaba a la familia Musavi un respeto casi reverencial. Bibi Fatemeh —una mujer digna que años atrás había perdido a su joven marido, «Mohsen»— hacía girar la rueda de aquella vida junto a su solícito esposo Sedmir, el hermano de su marido difunto, que con una hombría puramente humana se había convertido en la sombra protectora de los huérfanos.
La casa en la que respiraban era el regalo y la bendición de la mesa de los vecinos. Los creyentes entregaban con orgullo y humildad el jums y el zakat de sus bienes a aquella familia de sayides, para que la bendición de las plegarias de Bibi Fatemeh y de su descendencia purísima iluminara su barrio. En el patio pequeño de la casa, bajo la sombra del único granado, se extendía un mantel cuyo pan venía del respeto de la gente y cuyo guiso venía de la devoción de los vecinos. Y Bibi Fatemeh, en la penumbra del alba, hacía girar sus masuras y sus husos tradicionales para preservar, junto a aquel afecto popular, el orgullo y la independencia de su linaje.
El hijo mayor de la casa, Zaher, era un joven callado, reflexivo y de mirada limpia que trabajaba en la farmacia del barrio. Todos lo conocían por su nobleza y por su saber. Pero detrás de aquel semblante sereno y templado latía un alma inquieta y sedienta de conocer el mundo de fuera.
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## 2. El ardor de los caminos: del desierto de Siria a las fronteras de Estambul
Al contrario de lo que todos imaginaban, que veían en Zaher a un joven casero, él amaba sin medida los viajes y los caminos. Su juventud ardía en la sed de ver horizontes lejanos. Cada vez que se presentaba una ocasión y ahorraba unos dinares, hacía su pequeño hatillo para palpar la extrañeza y la belleza de otras ciudades.
El mayor imán de viaje para Zaher fue al principio Siria y la antigua ciudad de Damasco. Pasaba los días caminando por los bazares cubiertos de Siria, junto a los santuarios sagrados y entre los limoneros perfumados y los jazmines de Damasco, se sentaba a conversar con desconocidos y llevaba el horizonte de su pensamiento más allá de las murallas de Nayaf.
Pero su apetito por descubrir el mundo no terminó en Siria; su paso siguiente fue un viaje al corazón del antiguo imperio, Turquía. Zaher partió hacia los caminos del norte. Contemplar la arquitectura de Estambul, los campos verdes y el drama del encuentro entre Oriente y Occidente en Turquía transformó el alma de aquel joven de Nayaf. Veía el mundo más grande que la asfixia de Irak y a cada paso experimentaba la libertad y el respirar en un aire extranjero.
Pero nadie en casa sabía que aquel dulce viaje a Turquía iba a ser el preludio de una de las tragedias más espantosas de su vida…
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## 3. La emboscada del regreso: la red de caza de los baazistas
En el atardecer de un día polvoriento, Zaher, tras semanas de recorrer los caminos de Siria y de Turquía, con el zurrón lleno de recuerdos y la cabeza cargada de imágenes del mundo libre, puso el pie en tierra iraquí para volver al abrazo de la casa de Bibi Fatemeh.
Aún no se había alejado unos kilómetros del puesto de control fronterizo cuando de pronto dos vehículos militares del régimen del Baaz le cortaron el camino con una polvareda y un chirrido áspero de frenos. Los agentes baazistas bajaron del coche con sus botas pesadas y sus rostros despiadados y rodearon al joven Zaher.
La acusación inicial era simple y a la vez mortal: «¡sospechoso de deserción del servicio militar!»
Los baazistas creían que Zaher era un joven iraquí que había huido a Turquía para escurrir el bulto al servicio en el ejército de Sadam. Zaher, con toda su compostura y serenidad, sacó sus documentos de identidad para demostrar que no tenía problema alguno; pero un examen más atento de los papeles reveló a los suspicaces agentes del gobierno un secreto mucho más grave: ¡el origen y la raíz iraníes de la familia Musavi!
En cuanto los agentes comprendieron que por las venas de aquel joven sayid corría sangre iraní, su tono y su trato cambiaron ciento ochenta grados. Según las leyes racistas del régimen del Baaz, el servicio militar estaba prohibido a los súbditos y dependientes extranjeros; de modo que la acusación de «deserción» quedó descartada, pero ocupó su lugar un peligro incomparablemente más negro: ¡la acusación de espionaje y de ser un extranjero!
A él, no como a un ciudadano sino como a un «iraní de origen sospechoso» que había viajado a Turquía y a Siria, lo sometieron al látigo y al insulto y, sin ninguna razón legal ni orden judicial, lo arrojaron a la caja metálica de un camión y se lo llevaron a una de las cárceles más siniestras del Baaz.
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## 4. Seis meses en el infierno del rencor y del racismo
El joven Zaher fue arrojado de pronto, desde el abrazo cariñoso de la casa de los sayides y el perfume de los jazmines de Damasco, al interior de un calabozo oscuro, húmedo y asfixiante. Un calabozo que se lo tragó durante seis meses enteros.
«Años después, en la casita humilde que mi padre Zaher había alquilado en el oeste de Sídney, él era ya un hombre enfermo, cansado y de ánimo muy frágil, al que las cargas pesadas del destierro y del desarraigo habían robado la figura y las fuerzas. En el rincón apartado y sencillo de su casa, cuando encendía un cigarrillo con las manos temblorosas y se quedaba mirando a un punto con un suspiro tan hondo que le estremecía cada fibra del cuerpo, con una voz quebrada que después de décadas todavía olía a herida, me hablaba de aquellos seis meses de pesadilla de tortura y de racismo en los calabozos del Baaz…»
Hablaba de torturas sin tregua. De noches en las que, en la oscuridad absoluta de la celda, los gemidos, los gritos bajo el tormento y las súplicas de presos inocentes recorrían los pasillos de piedra de la cárcel y le robaban el sueño. Los esbirros baazistas sentían un rencor racista y sin medida hacia los de origen iraní. A Zaher, solo por su sangre y por su linaje, lo sometían a diario a los más duros maltratos y humillaciones físicas y morales.
Cada día en aquella cárcel pasaba como un año. Zaher, el joven elegante y viajero que hasta ayer caminaba por los bazares de Estambul, se sentaba ahora con el cuerpo llagado y la ropa hecha jirones sobre el suelo húmedo de la celda, testigo de la crueldad desnuda del gobierno de Sadam.
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## 5. La chispa de la fuga en el corazón de la oscuridad
En aquellos mismos seis meses funestos, cuando Zaher yacía sobre el suelo frío de la cárcel y oía los alaridos de los torturados desde las celdas contiguas, se produjo un cambio de raíz en su alma y en su mente.
Comprendió que en aquella tierra ya no quedaba lugar para la honradez, para la dignidad ni para la vida de las personas decentes. Comprendió que la presencia de su familia en Nayaf estaba asentada sobre un polvorín de rencor y de racismo que en cualquier momento podía prender fuego a la casa de los sayides.
Precisamente en una de aquellas noches negras de cárcel, cuando tenía las manos llagadas alzadas en gesto de plegaria hacia el techo húmedo de la celda, brillaron en su cabeza las primeras chispas de la idea de huir de Irak a Irán.
Se juró a sí mismo: «Si salgo vivo de este infierno, no me quedaré ni un segundo más en este país. Tengo que encontrar la manera de huir a Irán…»
Después de seis meses sin noticias, Bibi Fatemeh y Sedmir, a fuerza de sobornos y de súplicas a las autoridades, lograron que les entregaran el cuerpo medio muerto y quebrado de Zaher y devolverlo a casa.
Zaher volvió a casa; pero el joven que salió de aquella cárcel ya no era el mismo de antes. En sus ojos se había instalado una mirada decidida, amarga y llena de secreto. Había forjado en su corazón la llave de la fuga, y ahora era el momento de que Bibi Fatemeh planteara desde Irán el proyecto de pedir la mano de Marzieh…
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